Venus no era sólo un planeta. Ahora que Plutón ni si quiera lo es Venus era más que una parte del sistema solar. Derramaba la vida que comenzaba con un líquido algo más denso que el agua. Poseía también el fuego, llamas que no se alimentaban de la rabia, sino del amor y del sexo. La tierra, que muchas veces arañaba, arrancando de su piel hasta el último tejido. Del corazón, el latido, y del aliento, ese suspiro que no es sinónimo de muerte sino más bien el paréntesis entre lo terrenal y lo espiritual. Entre lo tangible y lo intangible.

Era Eva, y era Lilith, pero no era Adán, y si lo fuera sólo hubiese sido un estorbo. Era, herejía y blasfemia. Execración y reniego, y también lujuria e ira. La de él, la del hombre expulsado de su propio paraíso, el que por  ley divina le había sido concedido, y poco después arrebatado.

Era las piernas de ellas, entrelazadas. Eran sus manos, que tocaban otras manos igual de suaves que las suyas. Brazos de mujer, que rodeaban a otra mujer, que a su vez, bebía de los pechos de su amante a quien succionaba hasta a la última gota de ese néctar para él prohibido. De esas hojas caídas en el suelo y que ya no tapaba el secreto que entre ellas no existía. Y quiso él, el hombre, participar en esa hermosa escena, pero fue rechazado. Y tras su ira sólo quedó el rumor de la manzana. El rumor de siglos considerando a la mujer incitadora del pecado y culpables de todo mal acontecido en este mundo.