No sé que he hecho mal, tan mal como para que si es Dios quién me la quiere arrebatar lo haga, no sé qué motivos le he dado, no recuerdo hacer algo mal o tan mal como para ello.

He pasado con ella más tiempo en años que con mi propia madre, la que me trajo a este mundo cruel y duro, sangre de mi sangre y carne de mi carne. Cuándo todo el mundo giraba la cara, al volver a casa ella siempre estaba. Si tenía mal carácter, nunca se quejo de mí ni me hizo ningún gesto de desacuerdo, si estaba irritada ella no me molestaba, si la regañaba por culpa de mi cabreo, ella nunca se alejaba, si alguna vez le di algún cachete a destiempo, sin un motivo suficiente o pasado de fuerza, ella nunca me abandonaba. Y aun que todo esto sucediera cuando éramos pequeñas, porque después el carácter y la comprensión se forjó ella nunca me abandonaba.

Después forzadamente te abandone yo, no a mi voluntad, luche seis meses después para que volvieras a mí, y otros seis meses después llegaste. Intente ponerte buena, como antes de que yo me fuera, y algo mejoraste, pero ahora, después de un año ya, estas casi peor que hace un año. No sé qué hacer ya para que te mejores.

Casi cuatro días después consigo volverte a escribir, pero ahora ya no estás, te tuviste que marchar, sé que no a tu voluntad. Intenté por todos los medios conocidos por mí que aún te quedarás un tiempo más, aun te necesito, te has ido y te has llevado conmigo mi ser. Nunca aprendí  a llorar, las pocas veces que lo hacía era en silencio para que no te preocuparas de mí. Cuándo en nuestra almohada maullaste y me desperté sabía ya que era el final. Intenté hacer todo lo que pude, te lo prometo, te lo juro, pero nada conseguí, sólo pude agarrarte la patita, para que supieras que estaba aun ahí, contigo y que sigo estando allá donde estés tú. Y con tus suspiros mi llanto agudizaba, gritaba de lamento, de dolor, de desesperación, porque sabía que te me ibas, que te me ibas y que te me ibas y seguí sin poder amarrarte a mí. Lobo y Gringo respetaron mi llanto, mi lamento, mi agonía con la tuya. Tú te has marchado ya, pero yo sigo aquí agobiando mi tiempo, agonizando tu ausencia. Espero que dónde estés, estés bien, chachi, alegre y despierta como siempre, tus ojos clavados en mí, como los míos en los tuyos y espero que allá donde estés nos volvamos a encontrar como hace ya trece años. Y sigamos juntas eternamente, como eternamente siempre hemos estado. Esperame.